-Lo siento, lo hice lo mejor que supe-

El cerebro nos juega malas pasadas, como que prevalezcan los buenos recuerdos relacionados con personas, que en su momento, decidimos que no merecían formar parte de nuestro día a día. Lo de bloquear o dejar muy poco a mano esos recuerdos lo hace como mecanismo de defensa, para protegernos, por supervivencia, parece ser.

El cerebro no entiende que para sobrevivir, en ocasiones, lo mejor es que permita que tengamos como recuerdos principales esas situaciones menos bonitas, concretamente las razones por las que esa persona ya no está en nuestra vida. Y tenemos que hacer un esfuerzo cuando, por cosas del destino, la tienes delante. Fucking destiny! 

Tu cerebro quiere que seas feliz y pone todo de su parte. Tu cerebro y sus motivaciones biológicas se hubieran merecido dos buenas hostias a tiempo. Además parece que a tu cerebro le caía bastante bien ese tipo, y le tienes que explicar, como si de una madre encariñada con tu ex se tratase, que ese ese tío de ahí delante te rompió un poquito el corazón y que haga el favor de no preguntarte más por él.

Al cerebro le importa una mierda lo de tu corazón y cuando te encuentras con esa persona, se dedica a hacer una fiesta de hormonas digna del mejor parque de atracciones que hayas visitado. Brillantina, música, fuegos artificiales, gigantes y cabezudos, serotonina, dopamina… todo agitado, no mezclado y listo para servir (y vivir).

Él te ve y parece que su cerebro también se la está jugando porque se le ilumina la cara, porque también se alegra de verte.

No, no nos acordamos de que hace un tiempo pasó algo, que por causa de ese “algo” ambos nos sentimos mierda y por eso no nos habíamos vuelto a ver. No sé dónde quedó ese recuerdo cuando nos encontramos en un lugar lleno de gente desenfocada, silenciada y en blanco y negro. (El cerebro también es un gran editor de secuencias. Se ríe él de los filtritos de Instagram).

 Empezó el show neuronal, nos miramos y nos abrazamos, porque el abrazo es la mejor forma que existe de decir que donde esté la piel se quiten las palabras y nuestra piel, aunque fue por un momento, sentimos que era casa.

El corazón pellizcaba preguntando que ahora qué, que si había cojones a dar dos besos en lugar de uno. Y no, no los hubo. La pantomima de la normalidad tiene límite y es ese.

¿Cómo estás?. Todo bien. Me alegro de verte. Ya hablamos.

  Se baja el telón. Cada uno por su lado…

… y de nuevo los dos nos sentimos mierda.

Los viernes no se toman decisiones

Lo siento, lo hice lo mejor que supe-3

El enunciado forma parte de mi legislación privada, dentro de la Ley que rige no dar vergüencita ajena ni propia. Sobre todo propia.

 Los viernes son ese día que parece que nada puede fallar porque tienes por delante dos diazos y medio (en el mejor de los casos) libres y enteritos para ti. Ahí es donde empieza el peligro. Que te relajas. Que ya has consumido tu fuerza de voluntad durante la semana, (porque sí, la fuerza de voluntad tiene tope) y llegas sin ella y con el cerebro estrujado al viernes.

 Entonces, agotada, entras en casa, tu zona de confort, esa en la que te sientes la mujer más segura del mundo y sin saber por qué, a partir de ese momento, surgen todo tipo de oportunidades y ganas de hacer las cosas fatal.

¡Ey!, ¿por qué no pedir a Burguer King?, me estoy cuidando pero… (cortocircuito) ¿acaso el mundo se cuida para mí?, este sacrificio no compensa. ¡A la mierda comer bien!, ¡mi reino por un whopper!

Y a partir de la primera mala decisión, ya no puedes parar.

¡Lo tengo! voy a pedirle por quinta vez las cosas que me dejé en su casa a uno de mis ex. Justo a ese que peor lleva la gestión de conflictos. ¡A ese! Claro, nada puede salir mal.

Y ya entramos en el bucle de acordarnos de quiénes estuvieron pero ya no están. Y se te pasa por la cabeza que lo mejor que puedes hacer en este momento es mandar un Whatsaap a alguien diciendo que no sabes si le echas más de menos a él o a la caja de melatonina que se llevó. Pero en plan risa. Olvidando que hace tiempo que ya no hay risa.

 Entonces, aparece Dios y te manda el primer salvavidas. Empiezas a recibir mensajes de la gente que te tolera con cariño y te proponen planes para llenar tus dos diazos y medio libres y aún así, continúas en tu batalla campal contra ti misma.

 Dices sí a quedar con gente que ni te va ni te viene, sólo porque tus defensas están cada vez más por los suelos. Dices no a planes que te parecen de excesiva complejidad, como salir de Madrid. En coche. Con aire acondicionado. Sin conducir tú. Con gente que mola. A la playa. Dices no.

 Y entonces, sólo entonces, parece que ves la luz al final del túnel y piensas, que quizá  estaría guay echar una cabezadita antes de seguir dedicando la tarde a acabar con tu vida.

 Y entonces duermes.

Y cuando despiertas la magia de la sensatez te abraza y te recuerda que en peores te has visto, pero que ya no tienes edad. En ese momento pegas un post-it en el portátil: “LOS VIERNES NO SE TOMAN DECISIONES ANTES DE UNA SIESTA”. Pase lo que pase.

Soy gente pero tú también

Nunca se me ha dado bien la gente, por eso me flipa observar a las personas desde una distancia prudencial suficiente para que no me muerdan. En ocasiones me atrevo hasta a echarles cacahuetes o lo que esté comiendo en ese momento.

La gente da miedo. Con sus conversaciones, sus planes, su forma de interactuar y esas movidas que les pasan. Lo de permanecer un tiempo cerca de otro semejante y luego dejar de estar para siempre, o al menos, durante un tiempo que suele ser demasiado largo. La gente es una mierda la mayoría de las veces. Y a menudo, la gente eres tú y soy yo.

Hace unos días me sentí más gente que nunca. Con mi rollo de echar balones fuera, de abrazarme a la excusa de que otros son culpables de mis complejos. De que si, en su momento, las cosas hubieran sido impecables, hoy yo sería mejor. Es fácil vivir ahí, demasiado fácil.

Y frente a mí, la persona que recibía mis golpes en forma de reproches. Y vi su tristeza. Y entonces la frase que finalizó el combate dejándome K.O: “Lo siento, lo hice lo mejor que supe” Lo peor de todo es que era verdad y ahí me di cuenta de que yo también soy esa gente que hace daño y que da miedo.

#oscurita #gentuza  #ojocuidao