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 Ví a una chica llorando, sentada en un bordillo de la calle. Serían las siete de la tarde y yo caminaba con los cascos puestos escuchando algo de Spoti, totalmente abstraída y flipando con lo bonita que es Madrid a esa hora de la tarde.

 Ella lloraba amargamente, no parecía importarle la gente que pasábamos por allí. La miré fijamente buscando su aprobación para acercarme, por si podía ayudarla en algo. Me rechazó y seguí caminando, supongo que en ese momento quería estar tan sola como lo quería estar yo.

 ¿Qué mierda le habría pasado?, ¿estaría loca o era una valiente capaz de mostrar sus sentimientos sin filtros?, ¿o quizá era ese drama concreto el que había tocado algo tan profundo que le había despojado de todos los prejuicios sociales?. Estaba llorando sí y las lágrimas se identifican como signo de debilidad, pero esa chica desprendía carácter y fuerza. Me mataba la curiosidad.

   Llegué a casa, me serví un vino y comencé a imaginarme varios escenarios capaces de hacer que una persona acabe, de forma improvisada, llorando en un bordillo de la calle, sin estar drogada ni borracha. Sólo se me ocurrieron dramas sentimentales tras descartar muertes de familiares, mascotas o amigos… Vamos, que tuve un buen bajón teorizando. Pero sí, la del desamor se posicionaba como primera opción.

 Y es que realmente, cuando llega el desamor, siempre acabamos llorando en la calle, sentados en un bordillo, a plena luz del día, solo que esta chica llevó la metáfora al extremo y es la sensación más  mierda que se puede vivir.

Siempre nos prometemos que no, que ya no volverá a pasar y ponemos a Dios por testigo, cogiendo un puñado de tierra apuntando al cielo y todas esas cosas. Pero vuelve a pasar… porque enamorarse mola TANTO que cualquier precio a pagar, nos parece barato. Es de 1º de Humano.

 

 

¿Qué haría Madonna? (Parte I)

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Cuando te despiertas al lado de un tipo desconocido, es raro. Fin. Cuando además dudas entre si su nombre es Alberto o Sergio, te aseguro que es más raro todavía.

Traté de no moverme demasiado al asomarme por la orilla de la cama para hacer una panorámica de la situación del suelo, esa visual contaba en sí misma la historia de aquella noche. Mis medias de blonda sobre sus pantalones, mi ropa interior asomando entre su camiseta, el vestido dado la vuelta… todo correcto.

Tocaba levantarse y salir por patas de allí en el menor tiempo posible. Entonces él, Alberto o Sergio, hizo un movimiento deshaciéndose, en parte, de la sábana que nos cubría. Me miró y sonrió. ¡Mierda, se ha despertado! Me apretó la naricilla con un dedo, le toqué el pelo con la esperanza de que ese gesto me hiciera recordar su nombre exacto, o que él lo dijera. Ya, es una estupidez pero, ¿se te hubiera ocurrido algo mejor?

Efectivamente mi caricia no provocó que él soltara algo como: “A (nombre del desconocido) le gusta esto”. No claro, eso no pasa. Si hubiera pasado, le habría tomado por un rarito de esos que peinan barbies, o por un instagrammer, que nunca sabes qué es peor. Digamos que su forma de “dar LIKE” a mi gesto, fue besarme la frente en plan “soy un chico súper tierno, ¡mira, qué suerte has tenido!”.

Recuerdo perfectamente cómo pasó. Acabar acostándome con un desconocido formaba parte del planteamiento de la noche, por algo había echado en el bolso el kit de supervivencia de sexo casual: cepillo de dientes, toallitas desmaquillantes (con treinta años sabes que no te puedes permitir dormir maquillada, sea cual sea la situación que se presente), toallitas íntimas (con esta edad también sabes que se convierten en tus mejores aliadas nocturnas), desodorante, gafas de sol y unos condones (yeah!).

Tras tomar un par de copas por el barrio, mis amigas y yo decidimos ir a unos cuantos kilómetros de distancia para conocer el local más nombrado en redes sociales por esa gente a la que queremos parecernos y no reconocemos. Al llegar, nos encontramos una cola para entrar que era lo suficientemente larga como para plantearnos darnos la vuelta, pero no tanto como para hacerlo. Afortunadamente sucedió lo que sucede cuando todo se pone a favor en una serie televisiva de treintañeras: una de mis amigas conocía a la azafata que llevaba la lista de invitados. En diez minutos estábamos dentro del local y en veinte, compartiendo mesa con Sergio o Alberto y sus amigos.

Sergio o Alberto se dedicaba a no sé qué y olía muy bien, además sonreía muy bien y para colmo, tenía sentido del humor. Vale, está claro que no sé mucho más de él, salvo que cuando mis amigas fueron desapareciendo una a una durante la noche, él siempre estuvo cerca, con un halo protector, interesado e interesante.

Era el momento de subir la apuesta, del doble o nada, aún sabiendo que podía perderlo todo, aún sabiendo que de aquella noche, sólo quedaría un recuerdo con irremediable sonrisa, en el mejor de los casos. Porque así es este juego. Pero ahí estaba la que siempre llega en situaciones excitantes con la única intención de protegerme o hacerme sentir fatal. Ella, la cordura.

Abrí mi Whatsapp y escribí a Adriana. Adriana es la mujer que yo sería si no me hubiera casado hace dos años, si no fuera feliz en mi matrimonio, o si entendiera realmente por qué tengo estos deseos de ser infiel siempre que la ocasión se presenta.

Yo: 1:03

Hemos venido a Ok! Land, ¡el sitio es increíble! 🙂 Las chicas se han ido y yo estoy con un tipo al que acabo de conocer. ¿Qué hago? ¡es monísimo!

Adriana: 1:18

¿Qué haría Madonna?

Mi amiga es brillante. No creo que pueda existir mejor respuesta ante cualquier pregunta que surja después de la medianoche.

A la una y veinticinco estábamos cogiendo un taxi con destino a casa de Alberto o Sergio.

– Carla, ¿vas a querer zumo de naranja con el café?- Dijo asomando su cabeza por la puerta de la habitación y rompiendo mi recreación.

¡Mierda, él sí recuerda mi nombre!

– ¿Zumo de naranja? No, de verdad, no es necesario. Tengo que irme. Mira, ¡es tardísimo!

Me levanté de un salto y comencé a recoger mi ropa del suelo, calculo que tardé en hacerlo dos segundos y tres décimas. Una lástima que no estuviera por allí ningún señor del Guinness con un cronómetro.

Mientras me lavaba los dientes, aún a medio vestir, escuché el conocido -y entrañable- sonido de un exprimidor casero. Al abrir la puerta del baño, con toda la dignidad que te permite llevar la ropa de la noche anterior a las ocho y media de la mañana, comprobé que toda la casa se había vestido de olor a café recién hecho.

Aparecí en la cocina. Alberto o Sergio había preparado un desayuno digno de foto de Instagram y vestía una camiseta digna del hashtag #Itboy. Quedarse era lo marcado por educación, por empatía y porque sí. Sin embargo, la idea me agobiaba, la realidad era que quería estar en mi casa, en mi ducha y en mi realidad a la mayor brevedad posible.

¿Qué haría Madonna? No tenía la menor idea. Tampoco conozco tanto a Madonna, pero me la imaginé dejando la marca de sus labios rojos en una servilleta de papel a modo de beso. La imaginé diciendo “Thanks” a Alberto o Sergio, con una sonrisa. Bebiendo un sorbo de café, de pie, sin acomodarse y marchándose de allí, entre humo y focos de colores. Así que eso fue lo que hice con los recursos que contaba. Es decir, sin humo ni focos de colores.

No intentó detenerme, estas historias no van de eso.

Salí a la calle con las gafas de sol puestas y cogí un taxi. Escribí un Whatsapp a mi chico para darle los buenos días, le deseé buen vuelo de regreso a casa y me planteé si despedirse de Madonna hasta la próxima ocasión, era lo que habría hecho Madonna. Al menos, eso fue lo que hice yo.

En ese momento, Alberto o Sergio, se sirvió otro café. Buscó en la agenda de su teléfono y escribió un mensaje:

8:48

Creo que anoche conocí a tu mujer. Deberíamos vernos. Un abrazo. David.

Neurofest

-Lo siento, lo hice lo mejor que supe-

El cerebro nos juega malas pasadas, como que prevalezcan los buenos recuerdos relacionados con personas, que en su momento, decidimos que no merecían formar parte de nuestro día a día. Lo de bloquear o dejar muy poco a mano esos recuerdos lo hace como mecanismo de defensa, para protegernos, por supervivencia, parece ser.

El cerebro no entiende que para sobrevivir, en ocasiones, lo mejor es que permita que tengamos como recuerdos principales esas situaciones menos bonitas, concretamente las razones por las que esa persona ya no está en nuestra vida. Y tenemos que hacer un esfuerzo cuando, por cosas del destino, la tienes delante. Fucking destiny! 

Tu cerebro quiere que seas feliz y pone todo de su parte. Tu cerebro y sus motivaciones biológicas se hubieran merecido dos buenas ostias a tiempo. Además parece que a tu cerebro le caía bastante bien ese tipo, y le tienes que explicar, como si de una madre encariñada con tu ex se tratase, que ese ese tío de ahí delante te rompió un poquito el corazón y que haga el favor de no preguntarte más por él.

Al cerebro le importa una mierda lo de tu corazón y cuando te encuentras con esa persona, se dedica a hacer una fiesta de hormonas digna del mejor parque de atracciones que hayas visitado. Brillantina, música, fuegos artificiales, gigantes y cabezudos, serotonina, dopamina… todo agitado, no mezclado y listo para servir (y vivir).

Él te ve y parece que su cerebro también se la está jugando porque se le ilumina la cara, porque también se alegra de verte.

No, no nos acordamos de que hace un tiempo pasó algo, que por causa de ese “algo” ambos nos sentimos mierda y por eso no nos habíamos vuelto a ver. No sé dónde quedó ese recuerdo cuando nos encontramos en un lugar lleno de gente desenfocada, silenciada y en blanco y negro. (El cerebro también es un gran editor de secuencias. Se ríe él de los filtritos de Instagram).

 Empezó el show neuronal, nos miramos y nos abrazamos, porque el abrazo es la mejor forma que existe de decir que donde esté la piel se quiten las palabras y nuestra piel, aunque fue por un momento, sentimos que era casa.

El corazón pellizcaba preguntando que ahora qué, que si había cojones a dar dos besos en lugar de uno. Y no, no los hubo. La pantomima de la normalidad tiene límite y es ese.

¿Cómo estás?. Todo bien. Me alegro de verte. Ya hablamos.

  Se baja el telón. Cada uno por su lado…

… y de nuevo los dos nos sentimos mierda.

Los viernes no se toman decisiones

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El enunciado forma parte de mi legislación privada, dentro de la Ley que rige no dar vergüencita ajena ni propia. Sobre todo propia.

 Los viernes son ese día que parece que nada puede fallar porque tienes por delante dos diazos y medio (en el mejor de los casos) libres y enteritos para ti. Ahí es donde empieza el peligro. Que te relajas. Que ya has consumido tu fuerza de voluntad durante la semana, (porque sí, la fuerza de voluntad tiene tope) y llegas sin ella y con el cerebro estrujado al viernes.

 Entonces, agotada, entras en casa, tu zona de confort, esa en la que te sientes la mujer más segura del mundo y sin saber por qué, a partir de ese momento, surgen todo tipo de oportunidades y ganas de hacer las cosas fatal.

¡Ey!, ¿por qué no pedir a Burguer King?, me estoy cuidando pero… (cortocircuito) ¿acaso el mundo se cuida para mí?, este sacrificio no compensa. ¡A la mierda comer bien!, ¡mi reino por un whopper!

Y a partir de la primera mala decisión, ya no puedes parar.

¡Lo tengo! voy a pedirle por quinta vez las cosas que me dejé en su casa a uno de mis ex. Justo a ese que peor lleva la gestión de conflictos. ¡A ese! Claro, nada puede salir mal.

Y ya entramos en el bucle de acordarnos de quiénes estuvieron pero ya no están. Y se te pasa por la cabeza que lo mejor que puedes hacer en este momento es mandar un Whatsaap a alguien diciendo que no sabes si le echas más de menos a él o a la caja de melatonina que se llevó. Pero en plan risa. Olvidando que hace tiempo que ya no hay risa.

 Entonces, aparece Dios y te manda el primer salvavidas. Empiezas a recibir mensajes de la gente que te tolera con cariño y te proponen planes para llenar tus dos diazos y medio libres y aún así, continúas en tu batalla campal contra ti misma.

 Dices sí a quedar con gente que ni te va ni te viene, sólo porque tus defensas están cada vez más por los suelos. Dices no a planes que te parecen de excesiva complejidad, como salir de Madrid. En coche. Con aire acondicionado. Sin conducir tú. Con gente que mola. A la playa. Dices no.

 Y entonces, sólo entonces, parece que ves la luz al final del túnel y piensas, que quizá  estaría guay echar una cabezadita antes de seguir dedicando la tarde a acabar con tu vida.

 Y entonces duermes.

Y cuando despiertas la magia de la sensatez te abraza y te recuerda que en peores te has visto, pero que ya no tienes edad. En ese momento pegas un post-it en el portátil: “LOS VIERNES NO SE TOMAN DECISIONES ANTES DE UNA SIESTA”. Pase lo que pase.

Soy gente pero tú también

Nunca se me ha dado bien la gente, por eso me flipa observar a las personas desde una distancia prudencial suficiente para que no me muerdan. En ocasiones me atrevo hasta a echarles cacahuetes o lo que esté comiendo en ese momento.

La gente da miedo. Con sus conversaciones, sus planes, su forma de interactuar y esas movidas que les pasan. Lo de permanecer un tiempo cerca de otro semejante y luego dejar de estar para siempre, o al menos, durante un tiempo que suele ser demasiado largo. La gente es una mierda la mayoría de las veces. Y a menudo, la gente eres tú y soy yo.

Hace unos días me sentí más gente que nunca. Con mi rollo de echar balones fuera, de abrazarme a la excusa de que otros son culpables de mis complejos. De que si, en su momento, las cosas hubieran sido impecables, hoy yo sería mejor. Es fácil vivir ahí, demasiado fácil.

Y frente a mí, la persona que recibía mis golpes en forma de reproches. Y vi su tristeza. Y entonces la frase que finalizó el combate dejándome K.O: “Lo siento, lo hice lo mejor que supe” Lo peor de todo es que era verdad y ahí me di cuenta de que yo también soy esa gente que hace daño y que da miedo.

#oscurita #gentuza  #ojocuidao